Desde que dejé un poco atrás la adolescencia decidí un día guiarme por mis propios gustos en cuestiones de ropa. No porque mi madre y mi abuela tuvieran mal gusto. Junto con mi tía las tres siempre fueron referencia en cuanto a su elegancia, buen gusto y saber estar, y mi madre supo trasmitírmelo aunque en épocas adolescentes de rebeldía me diera a veces por emular los años hippies de Hair o anticiparme al grunge de Nirvana rasgando unos cuantos tejanos.

Si mi infancia y adolescencia huelen a aquel Salou de torres, de helados de la Ibense, de feria y buñuelos de la Caspolina o al Reus de las palmeritas y cocas de Caelles, de las avellanas tostadas del colmado Baró, las patatas fritas de Laurie o los panellets y coca de cerezas de Poy, mi post-adolescencia y edad adulta destilan el aroma  de la ropa que adquiría en Joaquim Jofré de la calle Llovera, en ese mismo Reus.

Siempre me ha gustado la ropa con un sello especial y diferente. La ropa me atrapa por los ojos y el tacto y afortunadamente nunca he estado sometido a opiniones ajenas. Sé lo que me gusta y lo que me va. Y Joaquim Jofré ha sido desde entonces mi tienda de ropa de referencia. No hay otra igual. Ni en París, ni en Roma, ni en Londres o Nueva York. Por concepto, por su distintivo aroma al traspasar la puerta, por el magnetismo inigualable de las composiciones en sus escaparates que decantan con exquisito buen gusto las maravillosas prendas que presentan y que ya te dan una idea del paraíso textil que atesoran sus tiendas en el interior.

Porque el distintivo principal de la casa, además de los mencionados, son sus prendas, que no encuentras en ningún otro lugar. De ahí la palabra exclusividad, que desconextualizo del tema económico. Sí. También hay prendas caras. El cashemere tiene un precio como el chaleco abotonado de Alude que adquirí hace ya muchos años en Bori i Fontestà y que todavía conservo, impoluto a pesar de las veces que me lo he puesto. Es el que se corresponde a prendas de calidad, pero sin renunciar a la misma poseen también una marca propia que respeta la esencia de la casa a precios más cercanos.

Recuerdo del verano del 85 una camisa Daniel Hetcher con un color nada visto cuando aquí era un total desconocido, o maravillosos jerseys de punto que me duraron, impecables, cerca de veinte años.

Cuando abrieron sus tiendas en Barcelona, junto al Turó Parc vi que ya no sería necesario subir a Reus para adquirir aquella prenda de temporada que necesitaba. El lino en verano de Massimo Alba o el algodón de Aglini o los suéters de cuello alto con cremallera de la casa.

Hoy he regresado un poco a aquellos orígenes. Hacía unos doce años que no pisaba Reus y como no podía ser de otra manera, paseando por sus calles, me detuve frente a esos escaparates de su casa madre en Llovera 12, tan diferentes y artísticamente distinguibles del resto. Y una vez más, para recordar tiempos pasados, entré.La coyuntura económica en estos tiempos es la que la es, pero al final salí con un par de calcetines que necesitaba. Resulta imposible sustraerse a la atracción de sus prendas, incluso las mínimas. Porque Jofré envuelve la elegancia particular que pueda tener cada uno con la sutil diferencia que distingue la elección de sus prendas: la discreción, esa palabra tan démodé en tantos ámbitos. Todos sabemos que la elegancia es algo innato. Es esa discreción la que la ha vestido siempre en Jofré.He vuelto a sentirme un poco como en casa gracias a la sempiterna amabilidad y profesionalidad de su personal, especialmente de Rafael Pàmies, que al escuchar mis comentarios sobre la composición de los escaparates me ha confesado agradecido que él es quien los compone desde hace años.

Son los pequeños detalles los que siempre cuentan. Y los que nos dejamos llevar por ellos sabemos que el verdadero acierto consiste en ser fiel a uno mismo, fiel a lo que sentimos y a lo que creemos. Y la casa Jofré sigue siendo al correr del tiempo fiel a su razón de ser que no es otra que seguir ofreciendo a sus afortunados clientes la posibilidad de vestir acorde con el particular gusto de cada uno.

Aunque en esta ocasión hayan sido sólo mis pies los que se verán vestidos por Jofré.

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